miércoles, 11 de marzo de 2026

Nadar contra corriente















Siempre me han gustado los gatos y los perros. Considero que son animales extraordinarios por su capacidad de compañía, lealtad y afecto hacia los seres humanos. En esta etapa de mi vida tengo dos perros que, con el paso del tiempo, han dejado de ser simples mascotas para convertirse en parte de la familia, sobre todo por las muchas anécdotas y momentos que hemos vivido junto a ellos.

Desafortunadamente, no todos los animales de compañía tienen las mismas condiciones de vida. En muchas colonias populares de Tuxtla Gutiérrez el abandono de perros y gatos se ha vuelto un escenario frecuente.

En la colonia donde vivo, por ejemplo, es común ver animales que pasan el día buscando algo de comida o un poco de agua. Algunos vecinos, dentro de sus posibilidades, colocan recipientes con agua o dejan alimento, incluso destinan tiempo y recursos para atender a los que están enfermos o heridos. Son gestos pequeños, pero significativos. Aun así, el problema parece no tener fin.

A veces desaparecen uno o dos animales —probablemente por enfermedad, hambre o atropellamiento— y poco después aparecen tres o cuatro más. Es una dinámica que se repite constantemente: el abandono es latente y la población de animales en la calle vuelve a crecer.

Con el tiempo también hemos aprendido, como sociedad, a convivir con esa realidad. Hemos normalizado escenas de abandono y sufrimiento animal. Muchas veces preferimos hacernos de la vista gorda, ignorar el problema o volverlo invisible para no sentirnos responsables. Pero la realidad sigue ahí, frente a nosotros y  exige una respuesta.

Un problema más grande de lo que parece

La situación no es un fenómeno aislado. Diversos estudios estiman que en México existen cerca de 28 millones de perros y gatos en situación de calle, una de las cifras más altas de América Latina. 1

Se calcula además que una gran parte de estos animales proviene de hogares donde alguna vez fueron mascotas. Es decir, no nacieron en la calle: llegaron ahí por decisiones humanas.

Las razones del abandono suelen repetirse: falta de tiempo para cuidarlos, falta de espacio, cambios de domicilio o problemas de comportamiento del animal. Pero detrás de esas explicaciones suele existir un factor común: la falta de conciencia sobre lo que significa realmente tener una mascota.

La responsabilidad de tener una mascota

Adoptar o comprar un animal implica asumir una responsabilidad que puede durar entre diez y quince años o incluso más. No se trata únicamente de disfrutar de un cachorro juguetón o de un gato pequeño; también significa hacerse cargo de su alimentación, su salud y su bienestar durante toda su vida, incluso cuando envejece o requiere mayores cuidados.

Sin embargo, todavía es frecuente que algunos animales sean abandonados cuando dejan de ser jóvenes o cuando presentan problemas de salud. En esos casos, lo que comienza como una decisión individual termina convirtiéndose en un problema social.

Por eso la educación y la concientización son factores fundamentales. Las nuevas generaciones deben comprender que una mascota no es un objeto que se pueda desechar cuando deja de ser conveniente.

El papel de las autoridades

La responsabilidad tampoco recae únicamente en los ciudadanos. Las autoridades tienen un papel importante en la creación y aplicación de políticas públicas que ayuden a controlar este problema.

En distintos países de Europa como Alemania, España, Belgica, entre otros, han implementado medidas más estrictas para combatir el abandono animal. Algunas de las más efectivas incluyen:

  • Registro obligatorio de mascotas

  • Identificación mediante microchip

  • Campañas permanentes de esterilización

  • Sanciones económicas severas por abandono

  • Programas públicos de adopción responsable

Aunque estas políticas no eliminan completamente el problema, han demostrado ser herramientas eficaces para reducir la población de animales en situación de calle.

Un esfuerzo silencioso

Mientras tanto, existen personas que realizan una labor admirable. Vecinos que alimentan a los animales, administran medicamentos, organizan campañas de esterilización o adaptan espacios en sus propias casas para dar refugio temporal.

Esos refugios improvisados terminan convirtiéndose en hogares permanentes para varios animales. Sin embargo, el espacio y los recursos siempre resultan insuficientes frente a la magnitud del problema.

Ayudar a los animales abandonados se ha convertido, para muchas personas, en una tarea que exige paciencia, tiempo y recursos. Es una labor constante que busca compensar, en parte, la irresponsabilidad de otros.

Es un trabajo que rara vez recibe reconocimiento y que muchas veces se sostiene únicamente por la voluntad y el compromiso personal.

Una responsabilidad compartida

El abandono animal no es solo un asunto de compasión; también es un tema de responsabilidad social.

Reducir este problema requiere la participación de todos: ciudadanos que asuman con seriedad el compromiso de tener una mascota, autoridades que hagan cumplir las leyes y comunidades que promuevan la adopción responsable y la esterilización.

Cada perro o gato que vemos deambulando por la calle es, en el fondo, el resultado de una decisión humana.

Y mientras esa realidad no cambie, siempre habrá personas que, con recursos limitados pero con una enorme voluntad, seguirán intentando ayudar.

Aunque eso signifique, todos los días, seguir nadando contra corriente.

¹ Fuente: Índice de Mascotas sin Hogar (State of Pet Homelessness Index), elaborado por Mars Petcare.

viernes, 6 de marzo de 2026

Inteligencia artificial: el intruso cotidiano


La inteligencia artificial dejó de ser ciencia ficción y casi sin darnos cuenta, se coló en la vida cotidiana: en el celular, en el trabajo, en el diseño, en la música, en la forma en que buscamos información y hasta en cómo escribimos mensajes. Ya no es “el futuro”; es el presente, solo que avanza a diferentes velocidades según el país.

En México, la IA crece paso a paso: aplicaciones, automatización básica, herramientas creativas y soluciones prácticas que poco a poco nos van familiarizando con esta tecnología. En contraste, países como China y Japón llevan ventaja gracias a una mayor inversión, infraestructura sólida y una cultura tecnológica más arraigada. No es que aquí no nos llegue la tecnología; simplemente avanzamos a otro ritmo. 

Uno de los terrenos donde más se nota este cambio es en los medios audiovisuales. La inteligencia artificial ha transformado la manera de crear, editar y consumir contenido. Hoy un video puede escribirse, animarse, doblarse a otros idiomas y publicarse en cuestión de minutos. Lo que antes requería un equipo completo, ahora puede hacerse desde una laptop o incluso desde un celular.

En las redes sociales, la IA no solo ayuda a producir contenido, también decide qué vemos. Los algoritmos analizan rápidamente si una publicación llama la atención: cuántas personas la miran, si se detienen, comentan o la comparten. Cuando la respuesta es inmediata, el contenido se difunde; cuando no, queda relegado. Por eso abundan los videos cortos, los mensajes directos y las imágenes diseñadas para impactar desde el primer segundo.

Este nuevo escenario ha acelerado la forma de contar historias. Hay más alcance y más oportunidades para crear, pero también una gran cantidad de contenido compitiendo al mismo tiempo. Hoy no basta con tener una buena idea; es necesario comunicarla con claridad, rapidez y pertinencia.

Ahora bien, no todas las personas usan la inteligencia artificial de forma consciente. Su adopción depende del tipo de trabajo y del entorno en el que cada quien se mueve. Aun así, millones de personas ya interactúan con la IA a diario sin notarlo: al usar mapas, plataformas de streaming, banca digital, servicios de salud, compras en línea o dispositivos inteligentes en casa. Todavía no es universal, pero su presencia crece de manera constante.

Más que una tecnología lejana, la inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta cotidiana que influye en cómo trabajamos, creamos y nos comunicamos. Entenderla y aprender a convivir con ella no es una obligación técnica, sino una forma de adaptarse al presente. La IA no reemplaza a las personas -Por ahora-, pero sí cambia las reglas del juego. Y conocer esas reglas es el primer paso para aprovecharlas.

domingo, 7 de septiembre de 2025

El viento que mueve la casa

      Ilustración: El viento que mueve la casa-Técnica mixta.


Texto e Ilustración: Jesús Adair Ovando Martínez.  

  Era casi la medianoche. A lo lejos, la voz de una conductora de televisión explicaba las virtudes del bodyshaker. Tumbado en el sofá, junto a la ventana, apenas prestaba atención a las supuestas maravillas de aquel aparato que prometía una figura esbelta.

  El sueño casi me vencía cuando un ruido extraño, inusual, parecido al rodar lejano de una avalancha que parecía venir del cielo, me alertó. Casi al mismo tiempo, un movimiento violento sacudió la casa y me arrancó de golpe de mi somnolencia. Reconocí de inmediato que se trataba de un sismo, uno de gran intensidad.

   Como un resorte me incorporé y corrí hacia la habitación de mi pequeño hijo de 4 años, quien estaba profundamente dormido. Mientras mi voz se alzaba para alertar a mi familia, las piernas me temblaban del miedo.
   Mark Twain escribió que “la valentía no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de actuar a pesar de él”. Sin embargo, en esos instantes mi valor  se tambaleaba igual que las paredes de la casa.
   Una sacudida breve bastó para avisarle a mi hijo. Aun medio dormido, con rostro confundido, no alcanzaba a comprender lo que sucedía. Con el corazón a punto de estallar, avancé hacia el pasillo que comunica con el patio de servicio. El trayecto, que parecía interminable, se llenaba de su frágil voz preguntándome qué pasaba, apenas podía escucharle: toda mi atención estaba puesta en salir de ahí. De reojo alcancé a ver a mi esposa y a mi hija siguiendo nuestros pasos.

  En la última puerta, la que comunica con el exterior, me quedé pasmado intentando abrirla con la única mano libre que me quedaba. Había soltado el cerrojo principal, pero con la desesperación olvidaba un pasador más. Fue la mano firme de alguien detrás la que, con ímpetu, destrabó el seguro, entonces, por fin, alcanzamos la calle y nos reunimos en un punto seguro sobre la acera. El suelo aún se movía, aunque con menor intensidad; los postes, árboles y casas cercanas oscilaban levemente. Yo me sentía mareado por el efecto del movimiento, el entorno insistía en balancearse; miraba el cielo oscuro buscando una señal que me indicara que todo había terminado. La respuesta llegó en forma de una tensa calma que nos encontró a los cuatro abrazados, temblando todavía de miedo, pero agradecidos de estar ilesos.
        
   Enseguida notamos a los vecinos en la calle, igual de sorprendidos. Por fortuna, en nuestra zona no hubo corte de energía eléctrica; de haber ocurrido, la salida habría sido mucho más angustiante.
 
   Permanecimos algunos minutos afuera, esperando réplicas que no llegaron con fuerza. Al volver a casa, revisé de forma rápida que no hubiera daños visibles en la vivienda, (fisuras o cuarteaduras en las paredes) aparentemente todo estaba en orden. Luego traté de comunicarme vía telefónica con mis papás, pero como era de esperarse en estos casos, no había servicio de redes telefónicas; sólo mediante WhatsApp pude confirmar que estaban bien, No obstante, habían tenido el susto de su vida. En la conversación, mi mamá me comentó que desde que tenía uso de razón, jamás había sentido un temblor de tal magnitud. Y en efecto, los conductores estelares de las principales televisoras nacionales entraron al aire a la brevedad posible, solo hasta entonces supimos que el reciente terremoto había tenido una intensidad de 8.4 grados en la escala de Richter, el más fuerte registrado en el país en los últimos 100 años (más fuerte incluso que el de 1985, que fue de 8.1). Ocurrió a las 23:49 horas del 7 de septiembre de 2017 y duró más de un minuto, lo cual es inusualmente largo para un sismo.
    
    Esa madrugada nos fuimos a la cama intranquilos. Antes de dormir, mi hijo me preguntó con ingenuidad y preocupación  si “el viento volvería a mover la casa mientras dormíamos”. Su inocente interpretación del suceso me conmovió profundamente; traté de darle una respuesta que lo tranquilizara, lo abracé y le aseguré que, si volvía a suceder, yo estaría ahí para cuidarlo. Por fortuna, las primeras horas de la mañana de ese día transcurrieron en calma para nosotros.

   En el recuento de los daños de los días subsecuentes ya con datos mas específicos, el Sismológico Nacional precisó que la intensidad había sido de 8.2 grados en la escala de Richter. El epicentro se ubicó en el Golfo de Tehuantepec, frente a las costas de Chiapas, a unos 133 km al suroeste de Pijijiapan.

   El impacto negativo del fenomeno fue devastador: Chiapas, Oaxaca y Tabasco sufrieron decenas de muertes y miles de casas colapsaron, especialmente en el Istmo de Tehuantepec. El sureste mexicano quedó marcado para siempre.

Hoy, ocho años después, muchas personas no han logrado rehacer su vida: hay 
quienes nunca recuperaron su hogar y otros que jamás volvieron a ver a sus seres queridos. El miedo persiste cada vez que suena la alerta sísmica, la memoria regresa con fuerza y la reacción es casi automática: tensión, alerta y una sensación de vulnerabilidad que no se va. 

Inevitablemente, los sismos seguirán ocurriendo. El Pacífico mexicano es una de las zonas más activas del planeta, donde cada día se registran decenas de movimientos de distintas magnitudes. Esa certeza nos recuerda lo frágiles y vulnerables que somos ante la naturaleza. Solo nos queda prepararnos lo mejor posible, fortalecer la prevención y la protección civil, y esperar que en los próximos cien años no vuelva a soplar un “viento tan violento que mueva nuestra casa.”







  

jueves, 8 de mayo de 2025

La forma del olvido

" El silencio creció entre ellos como un lenguaje nuevo, 
uno que ya no necesitaba palabras para decir que el vínculo 
se había disuelto en el tiempo."

Anónimo