Desafortunadamente, no todos los animales de compañía tienen las mismas condiciones de vida. En muchas colonias populares de Tuxtla Gutiérrez el abandono de perros y gatos se ha vuelto un escenario frecuente.
En la colonia donde vivo, por ejemplo, es común ver animales que pasan el día buscando algo de comida o un poco de agua. Algunos vecinos, dentro de sus posibilidades, colocan recipientes con agua o dejan alimento, incluso destinan tiempo y recursos para atender a los que están enfermos o heridos. Son gestos pequeños, pero significativos. Aun así, el problema parece no tener fin.
A veces desaparecen uno o dos animales —probablemente por enfermedad, hambre o atropellamiento— y poco después aparecen tres o cuatro más. Es una dinámica que se repite constantemente: el abandono es latente y la población de animales en la calle vuelve a crecer.
Con el tiempo también hemos aprendido, como sociedad, a convivir con esa realidad. Hemos normalizado escenas de abandono y sufrimiento animal. Muchas veces preferimos hacernos de la vista gorda, ignorar el problema o volverlo invisible para no sentirnos responsables. Pero la realidad sigue ahí, frente a nosotros y exige una respuesta.
La situación no es un fenómeno aislado. Diversos estudios estiman que en México existen cerca de 28 millones de perros y gatos en situación de calle, una de las cifras más altas de América Latina. 1
Se calcula además que una gran parte de estos animales proviene de hogares donde alguna vez fueron mascotas. Es decir, no nacieron en la calle: llegaron ahí por decisiones humanas.
Las razones del abandono suelen repetirse: falta de tiempo para cuidarlos, falta de espacio, cambios de domicilio o problemas de comportamiento del animal. Pero detrás de esas explicaciones suele existir un factor común: la falta de conciencia sobre lo que significa realmente tener una mascota.
Adoptar o comprar un animal implica asumir una responsabilidad que puede durar entre diez y quince años o incluso más. No se trata únicamente de disfrutar de un cachorro juguetón o de un gato pequeño; también significa hacerse cargo de su alimentación, su salud y su bienestar durante toda su vida, incluso cuando envejece o requiere mayores cuidados.
Sin embargo, todavía es frecuente que algunos animales sean abandonados cuando dejan de ser jóvenes o cuando presentan problemas de salud. En esos casos, lo que comienza como una decisión individual termina convirtiéndose en un problema social.
Por eso la educación y la concientización son factores fundamentales. Las nuevas generaciones deben comprender que una mascota no es un objeto que se pueda desechar cuando deja de ser conveniente.
El papel de las autoridades
La responsabilidad tampoco recae únicamente en los ciudadanos. Las autoridades tienen un papel importante en la creación y aplicación de políticas públicas que ayuden a controlar este problema.
En distintos países de Europa como Alemania, España, Belgica, entre otros, han implementado medidas más estrictas para combatir el abandono animal. Algunas de las más efectivas incluyen:
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Registro obligatorio de mascotas
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Identificación mediante microchip
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Campañas permanentes de esterilización
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Sanciones económicas severas por abandono
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Programas públicos de adopción responsable
Aunque estas políticas no eliminan completamente el problema, han demostrado ser herramientas eficaces para reducir la población de animales en situación de calle.
Un esfuerzo silencioso
Mientras tanto, existen personas que realizan una labor admirable. Vecinos que alimentan a los animales, administran medicamentos, organizan campañas de esterilización o adaptan espacios en sus propias casas para dar refugio temporal.
Esos refugios improvisados terminan convirtiéndose en hogares permanentes para varios animales. Sin embargo, el espacio y los recursos siempre resultan insuficientes frente a la magnitud del problema.
Ayudar a los animales abandonados se ha convertido, para muchas personas, en una tarea que exige paciencia, tiempo y recursos. Es una labor constante que busca compensar, en parte, la irresponsabilidad de otros.
Es un trabajo que rara vez recibe reconocimiento y que muchas veces se sostiene únicamente por la voluntad y el compromiso personal.
Una responsabilidad compartida
El abandono animal no es solo un asunto de compasión; también es un tema de responsabilidad social.
Reducir este problema requiere la participación de todos: ciudadanos que asuman con seriedad el compromiso de tener una mascota, autoridades que hagan cumplir las leyes y comunidades que promuevan la adopción responsable y la esterilización.
Cada perro o gato que vemos deambulando por la calle es, en el fondo, el resultado de una decisión humana.
Y mientras esa realidad no cambie, siempre habrá personas que, con recursos limitados pero con una enorme voluntad, seguirán intentando ayudar.
Aunque eso signifique, todos los días, seguir nadando contra corriente.
¹ Fuente: Índice de Mascotas sin Hogar (State of Pet Homelessness Index), elaborado por Mars Petcare.


