viernes, 6 de marzo de 2026

Inteligencia artificial: el intruso cotidiano


La inteligencia artificial dejó de ser ciencia ficción y casi sin darnos cuenta, se coló en la vida cotidiana: en el celular, en el trabajo, en el diseño, en la música, en la forma en que buscamos información y hasta en cómo escribimos mensajes. Ya no es “el futuro”; es el presente, solo que avanza a diferentes velocidades según el país.

En México, la IA crece paso a paso: aplicaciones, automatización básica, herramientas creativas y soluciones prácticas que poco a poco nos van familiarizando con esta tecnología. En contraste, países como China y Japón llevan ventaja gracias a una mayor inversión, infraestructura sólida y una cultura tecnológica más arraigada. No es que aquí no nos llegue la tecnología; simplemente avanzamos a otro ritmo. 

Uno de los terrenos donde más se nota este cambio es en los medios audiovisuales. La inteligencia artificial ha transformado la manera de crear, editar y consumir contenido. Hoy un video puede escribirse, animarse, doblarse a otros idiomas y publicarse en cuestión de minutos. Lo que antes requería un equipo completo, ahora puede hacerse desde una laptop o incluso desde un celular.

En las redes sociales, la IA no solo ayuda a producir contenido, también decide qué vemos. Los algoritmos analizan rápidamente si una publicación llama la atención: cuántas personas la miran, si se detienen, comentan o la comparten. Cuando la respuesta es inmediata, el contenido se difunde; cuando no, queda relegado. Por eso abundan los videos cortos, los mensajes directos y las imágenes diseñadas para impactar desde el primer segundo.

Este nuevo escenario ha acelerado la forma de contar historias. Hay más alcance y más oportunidades para crear, pero también una gran cantidad de contenido compitiendo al mismo tiempo. Hoy no basta con tener una buena idea; es necesario comunicarla con claridad, rapidez y pertinencia.

Ahora bien, no todas las personas usan la inteligencia artificial de forma consciente. Su adopción depende del tipo de trabajo y del entorno en el que cada quien se mueve. Aun así, millones de personas ya interactúan con la IA a diario sin notarlo: al usar mapas, plataformas de streaming, banca digital, servicios de salud, compras en línea o dispositivos inteligentes en casa. Todavía no es universal, pero su presencia crece de manera constante.

Más que una tecnología lejana, la inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta cotidiana que influye en cómo trabajamos, creamos y nos comunicamos. Entenderla y aprender a convivir con ella no es una obligación técnica, sino una forma de adaptarse al presente. La IA no reemplaza a las personas -Por ahora-, pero sí cambia las reglas del juego. Y conocer esas reglas es el primer paso para aprovecharlas.

domingo, 7 de septiembre de 2025

El viento que mueve la casa

      Ilustración: El viento que mueve la casa-Técnica mixta.


Texto e Ilustración: Jesús Adair Ovando Martínez.  

  Era casi la medianoche. A lo lejos, la voz de una conductora de televisión explicaba las virtudes del bodyshaker. Tumbado en el sofá, junto a la ventana, apenas prestaba atención a las supuestas maravillas de aquel aparato que prometía una figura esbelta.

  El sueño casi me vencía cuando un ruido extraño, inusual, parecido al rodar lejano de una avalancha que parecía venir del cielo, me alertó. Casi al mismo tiempo, un movimiento violento sacudió la casa y me arrancó de golpe de mi somnolencia. Reconocí de inmediato que se trataba de un sismo, uno de gran intensidad.

   Como un resorte me incorporé y corrí hacia la habitación de mi pequeño hijo de 4 años, quien estaba profundamente dormido. Mientras mi voz se alzaba para alertar a mi familia, las piernas me temblaban del miedo.
   Mark Twain escribió que “la valentía no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de actuar a pesar de él”. Sin embargo, en esos instantes mi valor  se tambaleaba igual que las paredes de la casa.
   Una sacudida breve bastó para avisarle a mi hijo. Aun medio dormido, con rostro confundido, no alcanzaba a comprender lo que sucedía. Con el corazón a punto de estallar, avancé hacia el pasillo que comunica con el patio de servicio. El trayecto, que parecía interminable, se llenaba de su frágil voz preguntándome qué pasaba, apenas podía escucharle: toda mi atención estaba puesta en salir de ahí. De reojo alcancé a ver a mi esposa y a mi hija siguiendo nuestros pasos.

  En la última puerta, la que comunica con el exterior, me quedé pasmado intentando abrirla con la única mano libre que me quedaba. Había soltado el cerrojo principal, pero con la desesperación olvidaba un pasador más. Fue la mano firme de alguien detrás la que, con ímpetu, destrabó el seguro, entonces, por fin, alcanzamos la calle y nos reunimos en un punto seguro sobre la acera. El suelo aún se movía, aunque con menor intensidad; los postes, árboles y casas cercanas oscilaban levemente. Yo me sentía mareado por el efecto del movimiento, el entorno insistía en balancearse; miraba el cielo oscuro buscando una señal que me indicara que todo había terminado. La respuesta llegó en forma de una tensa calma que nos encontró a los cuatro abrazados, temblando todavía de miedo, pero agradecidos de estar ilesos.
        
   Enseguida notamos a los vecinos en la calle, igual de sorprendidos. Por fortuna, en nuestra zona no hubo corte de energía eléctrica; de haber ocurrido, la salida habría sido mucho más angustiante.
 
   Permanecimos algunos minutos afuera, esperando réplicas que no llegaron con fuerza. Al volver a casa, revisé de forma rápida que no hubiera daños visibles en la vivienda, (fisuras o cuarteaduras en las paredes) aparentemente todo estaba en orden. Luego traté de comunicarme vía telefónica con mis papás, pero como era de esperarse en estos casos, no había servicio de redes telefónicas; sólo mediante WhatsApp pude confirmar que estaban bien, No obstante, habían tenido el susto de su vida. En la conversación, mi mamá me comentó que desde que tenía uso de razón, jamás había sentido un temblor de tal magnitud. Y en efecto, los conductores estelares de las principales televisoras nacionales entraron al aire a la brevedad posible, solo hasta entonces supimos que el reciente terremoto había tenido una intensidad de 8.4 grados en la escala de Richter, el más fuerte registrado en el país en los últimos 100 años (más fuerte incluso que el de 1985, que fue de 8.1). Ocurrió a las 23:49 horas del 7 de septiembre de 2017 y duró más de un minuto, lo cual es inusualmente largo para un sismo.
    
    Esa madrugada nos fuimos a la cama intranquilos. Antes de dormir, mi hijo me preguntó con ingenuidad y preocupación  si “el viento volvería a mover la casa mientras dormíamos”. Su inocente interpretación del suceso me conmovió profundamente; traté de darle una respuesta que lo tranquilizara, lo abracé y le aseguré que, si volvía a suceder, yo estaría ahí para cuidarlo. Por fortuna, las primeras horas de la mañana de ese día transcurrieron en calma para nosotros.

   En el recuento de los daños de los días subsecuentes ya con datos mas específicos, el Sismológico Nacional precisó que la intensidad había sido de 8.2 grados en la escala de Richter. El epicentro se ubicó en el Golfo de Tehuantepec, frente a las costas de Chiapas, a unos 133 km al suroeste de Pijijiapan.

   El impacto negativo del fenomeno fue devastador: Chiapas, Oaxaca y Tabasco sufrieron decenas de muertes y miles de casas colapsaron, especialmente en el Istmo de Tehuantepec. El sureste mexicano quedó marcado para siempre.

Hoy, ocho años después, muchas personas no han logrado rehacer su vida: hay 
quienes nunca recuperaron su hogar y otros que jamás volvieron a ver a sus seres queridos. El miedo persiste cada vez que suena la alerta sísmica, la memoria regresa con fuerza y la reacción es casi automática: tensión, alerta y una sensación de vulnerabilidad que no se va. 

Inevitablemente, los sismos seguirán ocurriendo. El Pacífico mexicano es una de las zonas más activas del planeta, donde cada día se registran decenas de movimientos de distintas magnitudes. Esa certeza nos recuerda lo frágiles y vulnerables que somos ante la naturaleza. Solo nos queda prepararnos lo mejor posible, fortalecer la prevención y la protección civil, y esperar que en los próximos cien años no vuelva a soplar un “viento tan violento que mueva nuestra casa.”







  

jueves, 8 de mayo de 2025

La forma del olvido

" El silencio creció entre ellos como un lenguaje nuevo, 
uno que ya no necesitaba palabras para decir que el vínculo 
se había disuelto en el tiempo."

Anónimo




jueves, 10 de abril de 2025

Los Hermanos Gutiérrez

 
Until We Meet Again - Hermanos Gutiérrez
 
 
En su libro El texto literario como partitura, Alejandro Aldana Sellschopp señala —al abordar la relación entre literatura y música— que esta última "tiene un poder evocativo que, en muchas ocasiones, no consigue la palabra hablada o incluso la poesía". Basta con escuchar los primeros acordes de una melodía para que la mente nos lleve a memorias personales o a escenarios completamente distintos.
 
En este tenor, pocos músicos logran una fusión de sonidos tan cautivadora como la que consiguen los Hermanos Gutiérrez. Sus canciones evocan paisajes vastos y desérticos, con una clara influencia del western y el folk latinoamericano. Su música, puramente instrumental, se construye sobre acordes de guitarras con reverberaciones profundas que crean una atmósfera de nostalgia.
No soy músico ni experto en teoría musical, pero sé reconocer esos acordes que convierten las emociones en algo audible.

 Del oído nace el amor
 
Descubrí a los Hermanos Gutiérrez por azar, en una larga playlist de folk repleta de nombres desconocidos para mí, dentro de la app del iconito verde. Until We Meet Again agudizó mi oído y me atrapó con las primeras notas, transportándome a escenarios de atardeceres rojizos y caminos polvorientos. Tras ese primer encuentro, sus canciones llegaron en cascada, una tras otra, a través de los seis álbumes que han publicado, todos con la peculiaridad de contar historias sin necesidad de palabras.

Su música es, en esencia, una experiencia sensorial que conecta con las emociones, ideal para quienes disfrutan de paisajes sonoros evocadores y de la belleza de la guitarra en su expresión más pura.