jueves, 4 de junio de 2026

Me gustaba ver llover... pero ahora ya no.

Entre las cosas que me ponían de buen humor estaba el olor a tierra mojada en vísperas de la temporada de lluvias, que normalmente comienza a mediados de Mayo. Esa sensación tan agradable me indicaba que pronto cedería un poco el incómodo calor citadino y que las frutas de temporada volverían a estar presentes en las cestas de los mercados.

Con la llegada de la lluvia, muchas actividades comienzan a prosperar. En el campo se acelera la producción, mejoran las cosechas, los pastizales crecen y hay más disponibilidad de agua para el ganado. Bosques, selvas, humedales y fauna silvestre dependen de los ciclos de lluvia para sobrevivir. El agua trae consigo vida y bienestar allí donde se hace presente.

Esto es lo que normalmente debería ocurrir. Sin embargo, en los últimos quince años, aproximadamente desde 2011, los datos y análisis climáticos muestran una tendencia hacia una mayor irregularidad en el régimen pluvial de la región metropolitana de Tuxtla Gutiérrez. Ahora las tormentas son más intensas y pueden descargar enormes cantidades de agua en pocas horas, dejando a su paso severas afectaciones: inundaciones, deslaves, daños a viviendas y erosión del suelo. Una situación que, en gran medida, es consecuencia del acelerado crecimiento de la mancha urbana.

La ciudad ha crecido sobre áreas que hace décadas permitían una mayor infiltración. Muchas zonas que antes eran terrenos naturales ahora son colonias, fraccionamientos, plazas comerciales o vialidades.

Tuxtla se encuentra en un valle rodeado de elevaciones. Durante lluvias intensas, grandes volúmenes de agua descienden rápidamente desde las laderas hacia las partes bajas de la ciudad. Con los programas municipales de urbanización, muchas calles de colonias ubicadas en zonas altas han sido pavimentadas, lo que ha reducido drásticamente la infiltración. Esto convierte a las calles en auténticos toboganes de asfalto que arrastran todo a su paso.

Si a esto se suma la cantidad de basura arrojada en la vía pública, que termina saturando alcantarillas y rejillas de drenaje, los puntos de inundación aumentan y la ciudad se transforma temporalmente en una enorme laguna.

Después de un aguacero torrencial es común encontrar en portales noticiosos y redes sociales videos de las afectaciones: automovilistas y motociclistas arrastrados por la corriente, decenas de viviendas y negocios inundados, vialidades anegadas y caos vehicular. Es entonces cuando dejo de romantizar la lluvia.

En varias ocasiones, de regreso a casa, me ha tocado enfrentar aguaceros muy fuertes y tener que orillarme porque continuar resulta peligroso. Me inquieta pensar que, inevitablemente, podría quedar a merced de la corriente en alguna de las tantas zonas de la ciudad catalogadas como peligrosas. Las calles se vuelven intransitables por la cantidad de lodo, piedras y basura que arrastran los escurrimientos. Esta situación se ha vuelto cada vez más común durante la temporada de lluvias.

La solución está muy lejos.

Diversos estudios indican que Tuxtla cuenta con una infraestructura pluvial diseñada para una ciudad mucho más pequeña y sin una visión de crecimiento a largo plazo. Como consecuencia, el desarrollo urbano ha rebasado la capacidad de este sistema, volviéndolo insuficiente.

La construcción de un sistema pluvial integral que incluya colectores de gran capacidad, canales de alivio, estaciones de bombeo y otras obras complementarias, como la recuperación de zonas de infiltración, pavimentos permeables y reforestación urbana, implicaría una inversión de miles de millones de pesos.

Ningún gobierno, ya sea municipal o estatal, ha querido “aventarse el tiro” de emprender una obra de tal magnitud. Además, gran parte de esta infraestructura sería subterránea, extremadamente costosa y poco visible políticamente, aunque se trate de una de las obras más importantes para el futuro de la ciudad.

Por ahora, y probablemente durante muchos años más, a las autoridades solo les alcance para realizar trabajos de mantenimiento en rejillas y alcantarillas, así como labores de desazolve del Río Sabinal.

Hoy, ya no espero entusiasta las primeras lluvias de Mayo. El olor a tierra mojada sigue siendo agradable, pero ahora viene acompañado de una sensación de incertidumbre. Ya no pienso únicamente en el alivio del calor; también pienso en las calles convertidas en ríos, en las familias que perderán parte de su patrimonio o que mantendrán amurallado su hogar para evitarlo; en el caos que año tras año, parece repetirse. Me gustaba ver llover... pero ahora ya no.




Videos tomados de los portales Quintopodermx y Alerta Chiapas. 

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