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| R2D2 |
En una de las visitas que hice a casa de mis padres, un domingo en el que la comida familiar se alargó entre anécdotas y risas, ocurrió algo inesperado. Mi papá me dio una grata sorpresa: de la vitrina sacó un pequeño recuerdo que había permanecido allí por casi veintiocho años.
Se trataba de “Arturito” (R2-D2), un diminuto robot de cuerda de cuerpo dorado con detalles negros y una cúpula en la cabeza, que imitaba al carismático androide de Star Wars. Contra todo pronóstico, había sobrevivido a los embates del tiempo.
Lejos de comprender, a mi corta edad, la complejidad de la trama de George Lucas, este pequeño juguete —hasta donde puedo recordar— fue mi fiel aliado en un sinfín de historias infantiles: batallas contra monstruos invencibles y soldados armados hasta los dientes. Cuenta mi papá que se sorprendía al verme jugar: En el suelo construía complejos carreteros con palitos de madera, piedras y arena; recreaba bosques exuberantes en el patio de mamá Ángela (mi abuela materna); un jardín lleno de árboles frutales, plantas de todos los tamaños y flores de todos los colores era el rincón mágico que me servía de escenario para inventar mundos llenos de fantasía.
Decía mi papá que a los muñecos solo les faltaba hablar por sí mismos, y tal vez tuviera razón. Porque, sin duda, el mejor artificio que me asistía era la imaginación. En aquel entonces no existían juguetes tan sofisticados como ahora o por lo menos, no estaban a nuestro alcance.
Quizá por ello, aún hoy, sigo encontrando cierta felicidad en la simplicidad de las cosas.
Después de la anécdota y el recuerdo desbloqueado, Arturito volvió a su lugar en la vitrina, donde permanecerá —quién sabe por cuánto tiempo más—, mientras, se quedó conmigo el breve recuerdo de parte de mi infancia donde lo sencillo bastaba, porque la imaginación hacía el resto.
Se trataba de “Arturito” (R2-D2), un diminuto robot de cuerda de cuerpo dorado con detalles negros y una cúpula en la cabeza, que imitaba al carismático androide de Star Wars. Contra todo pronóstico, había sobrevivido a los embates del tiempo.
Lejos de comprender, a mi corta edad, la complejidad de la trama de George Lucas, este pequeño juguete —hasta donde puedo recordar— fue mi fiel aliado en un sinfín de historias infantiles: batallas contra monstruos invencibles y soldados armados hasta los dientes. Cuenta mi papá que se sorprendía al verme jugar: En el suelo construía complejos carreteros con palitos de madera, piedras y arena; recreaba bosques exuberantes en el patio de mamá Ángela (mi abuela materna); un jardín lleno de árboles frutales, plantas de todos los tamaños y flores de todos los colores era el rincón mágico que me servía de escenario para inventar mundos llenos de fantasía.
Decía mi papá que a los muñecos solo les faltaba hablar por sí mismos, y tal vez tuviera razón. Porque, sin duda, el mejor artificio que me asistía era la imaginación. En aquel entonces no existían juguetes tan sofisticados como ahora o por lo menos, no estaban a nuestro alcance.
Quizá por ello, aún hoy, sigo encontrando cierta felicidad en la simplicidad de las cosas.
Después de la anécdota y el recuerdo desbloqueado, Arturito volvió a su lugar en la vitrina, donde permanecerá —quién sabe por cuánto tiempo más—, mientras, se quedó conmigo el breve recuerdo de parte de mi infancia donde lo sencillo bastaba, porque la imaginación hacía el resto.

1 comentario:
casi lloro después de leer sobre este detalle...mi Papá pasa por mal momento y me necesita, hay cosas que podemos sacer de ese baúl y secuestrarle una sonrisa al viejo....lo haré...gracias por la inspiración
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